J'attendrai dans le silence de la nuit que tu t'approches de mon côté et tu me chuchotes ton amour, parce que je t'aime.

Mostrando entradas con la etiqueta Historias en el estante. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias en el estante. Mostrar todas las entradas

Amor de niñas


mi último post del año, el mismo desde hace cuatro años, dedicado a vos 
les quatre mêmes annés
que nous continous à nous aimes
Je t'aime Gusi

Diciembre 2007
---

Cuando sonó el teléfono las frágiles manos de Lucía se disponían a descolgar el tubo, atenta, la voz cautelosa y elegante de Paula se lo impidió con un suave y sutil ruego... 
-deja amor que siga sonando, disfrutemos nuestro instante-

Lucía y Paula sostenían un amor oculto y vedado desde la niñez, desde sus orígenes de mujer y este era un momento brillante para transformar la oscuridad del pasado, en luz eterna.

Se amaban desde siempre y las dos habían decidido unir ese fuego que las envolvía y desgarraba, a la vez.

El amor que las arropaba era lo mas importante que les había sucedido.

A pesar de blandas ausencias siempre se sintieron juntas, acompañadas, amigas compartiendo la brisa de la distancia. Ya no importaba el tiempo transcurrido. Nadie podía suplantar este presente en sus vidas que fundía sus corazones nuevamente luego de aquella partida de Paula, quizás, sin sentido.

No habían cambiado en nada, era como en sus épocas de estudiantes, ambas en el balcón en ropa interior desordenaban sus cabellos con el viento infantil que reservaban sus fantasías. El decorado de la casa era el mismo, el cielo raso alto aún dibujaba sus pícaras sonrisas mientras sus manos se buscaban, sus paredes mantenían el calor de aquellos besos a escondidas, el sabor de niñas se presentaba ardiente en cada rincón arqueando sus curvas siempre flexibles y envueltas en el sudor de sus recuerdos.

Hacía tiempo que la chimenea de esa casa no era testigo del roce entusiasta de sus lenguas. Es que habían esperado años para tomar esta decisión. El sexo para ellas había sido como una comunión religiosa sacrílega, un amor místico y apasionado orillando el costado opuesto de los mares.

Tendidas sobre una cama infinitamente blanca ondulaban sus cuerpos y saboreaban su ansiedad cómplice y dichosa reflejando la imagen del placer más allá de esas paredes desnudas seducidas por sus encantos de mujeres amantes.

Nuevamente sonó el teléfono y las mejillas de Lucía empalidecieron por ese terror que deambulaba en ella desde pequeña. Unos besos suaves en la comisura de sus labios disciplinados entregados como braseros por Paula impidieron que la todavía niña atendiera.

Sus deseos de mujer se interponían libres ante todo y en sus pupilas se veían en ellas aquellos tiempos perdidos, y que hoy, se aclamaban en la hoguera de sus pieles.

Lucía y Paula diseñaban en su amor los pilares de un puente espiritual y estigmático. Sus corazones almacenaban tesoros escondidos, guardados en secreto, sellados en silencio. Se refundaban en sus palabras, en sus fortalezas a veces perdidas, en sus cualidades que conocían desde siempre.

La sensualidad y coquetería animaron esa noche, sin descanso las caricias de Lucía templaban la impetuosa piel que le ofrecía Paula. Eran infantilmente felices, habían reservado sus manos para ellas mismas durante años de espera, sus muslos testigos de aquella primera vez para ambas, accedían abiertos a la humedad que regalaban sus finos dedos.

Sus historias estaban entrelazadas, sus recuerdos amados, sus tristezas galantes.
Compartían sus sufrimientos y también sus felicidades y eso les reforzaba el deseo para unirse por siempre.

Esa noche, las estrellas reflejaban en su andar los cuerpos desnudos y esperanzados en pasiones de Lucía y Paula.

En urgencias cálidas, sus suspiros enamorados y emocionados se anidaban bajo la facultad profunda e inocente de sus vientres, en esas mágicas moradas rosas esperando sus lenguas por años. Sus felicidades de niñas brillaban en sus senos de mujer, como luciérnagas inmortales.

Lucía y Paula poseedoras de un amor inclaudicable y febril ya no querían que otros manejaran sus vidas, el amor les pertenecía y estaban dispuestas a todo.

La noche se apagaba en su necesaria lujuria cuando el teléfono volvió a sonar. Esta vez Lucía animada en sus mieles no tembló al oírlo y alentada por el fuego que se desprendía de los ojos de Paula, extendió sus manos y atendió. Paula sólo escuchó un reluciente "si" de la voz prolija de Lucía y luego de que esta colgara le preguntó quién era...
Era mamá -le contestó Lucía- para invitarnos a cenar mañana.

Al otro día, una mesa reluciente recibiría a las enamoradas hermanas de una forma diferente...

Visitando a María



































Invierno 2007
---

Eso del futuro no es un tema serio.
Generalmente María se refugiaba en su cuarto para dejar pasar las horas y, cada vez más seguido, tomaba dos o tres pastillas para tranquilizarse y poder dormir.
Su madre, siempre le recordaba que era ilegal e inmoral hacerlo y que pagaría al fin su imprudencia, pero ella, no lo veía así.
María en sus noches se revolvía entre las sábanas y luego incorporándose a medias encendía la luz, era siempre las tres de la mañana y se había transformado en un rito. Luego, María se posaba junto a la ventana con la bata sobre sus hombros y miraba perdida en la oscuridad y volvía a tomar dos o tres pastillas para conciliar el sueño.
Por las mañanas sentía un manto de miedo y de piedad, se veía envuelta en un infierno indefinido, recurría entonces a su biblia, pero era en vano, no todos la entienden y María era una de ellas.
Su madre, como siempre a su lado, motivaba la paz de su hija. 
María sentía no progresar, era una sistemática representación de somnolientos objetivos a cumplir.
A través de los cristales empañados de su cuarto y la espesa lluvia, el enorme edificio donde habitaba era sólo una sombra salpicada por las luces mustias de la ventana, que su madre iluminaba a diario.
La dulce María soñaba en forma constante entrar al amplio vestíbulo de la planta baja semialumbrado por discretas candelas indirectas y poder traspasar esa puerta de su cuarto para ser recibida por figuras blancas y encontrar la tan preciada paz.
Los instantes consumían la piel de María.
Aquella noche su bello rostro rodó sobre la almohada, sus manos crispadas como pequeñas garras tuvieron un temblor espasmódico. Luego clavó sus ojos en su madre, una mirada súbitamente vivaz, suplicante, que parecía emerger desde un pozo sin tiempo y aferrarse ávida a las pupilas de su libertad. Salió al pasillo con paso vacilante, su sangre corría en todas direcciones agolpándose en un remolino dentro de sus venas; su madre, como de costumbre estaba a su lado. María deseaba sólo ser feliz.
El enfermero llegó en ese momento acompañado por uno de los médicos internos, éste la sostuvo por la cintura y se ofreció a llevarla a su cuarto nuevamente.
La pequeña María hizo un esfuerzo para reponerse y pidió a su madre que la ayudara, pero esta vez su madre no pudo contestarle, el médico le recordó que estaba en la clínica neurosiquiátrica Del Carmen y que su madre había muerto hace dos años en un accidente automovilístico donde María manejaba.
Los recuerdos, las imágenes, las palabras del pasado se agolparon en su mente y podía sentir el latido de sus sienes a medida que intentaba orientarse en la oscuridad.
Frente a ella, en la pared opuesta, se advertía la silueta confusa de su madre y su voz diciendo: 
María recuerda que lo que haces es ilegal e inmoral y algún día pagarás tu imprudencia, pero ella no lo veía así...


Yanina



































Otoño 2008
---
Aún conservo la sonrisa de aquel día. 
Mi mamá había ido al cine aquella tarde con mi hermano. Papá tuvo que trabajar hasta muy tarde y esto, me alegró.
Si ellos hubiesen estado me habría sentido cohibida de solo pensarlo.
Sentada al borde de mi cama mis ojos en sueños mostraban un brillo de inquietud, era muy niña y audaz. Pretendía por momentos ser una heroína, pero debía obrar con cautela. 
Tomé una pausa y me regalé un breve suspiro viéndome al espejo.
Sonreí con una expresión clara y divertida, en verdad la necesitaba para darme valor. Por mi cabeza asomaban murmullos ajenos que me suplicaban dejar las cosas como estaban.
Había estado tan ocupada días anteriores con tareas de la escuela, que ni una sola vez había pensado en hacerlo. 
Esa mañana me levanté temprano para bañarme sin prisas, fue realmente magnífico. Me encanta disfrutar estos momentos. Después de depilar mis piernas y axilas contemplé mi cuerpo críticamente por primera vez en mi vida. Es un cuerpo agradable pero de pechos pequeños, igualmente estaba contenta de ser una chica.
Antes pensaba que la única que sentía estas cosas era yo, pero realmente no soy sino una parte más de la humanidad, y es bueno, de lo contrario nuestro planeta estaría sumergido en obediencias debidas.
No recuerdo haber estado nunca tan llena de alegrías desconocidas como ese día. 
Todas tenemos al principio, en estos casos, un aspecto como si hubiésemos sufrido una interminable enfermedad sin sentido.
Quise abrir las ventanas de casa, pero sentí miedo de que alguien diferente nos viera. Decidí preparar unas bebidas para matizar el momento, algo distinto, pensé en nuevos tragos para el renacer de mi nueva vida. En la vitrina papá guardaba Vodka, Cointreau, Menta y algo de Whisky, mi inexperiencia para estas situaciones me hizo pensar que mejor sería tener todas las botellas a la vista.
Ese día iba vestida con pantalones muy ajustados color beige y una liviana camisa blusa de algodón muy cortita, mi cabello estaba muy rizado y mis pies descalzos, como siempre. 
Mi habitación se lleno de recuerdos que serían cuando Yanina entró a ella tomada de mis hombros.
No sabía en realidad como empezar, pero ella puso sus manos sobre mi tibia cintura y sus ojos líquidos acompañaron cada milímetro de mi piel. Lentamente y sin dejar de mirarme Yanina sonrió y devolviéndole mi inquieta sonrisa, sólo tuve que dejarme llevar por mi inexperiencia y por entre sus labios.
El color rosa de mi habitación dio un cierto aire femenino y romántico a la sorprendida atmósfera. 
Lo que más recuerdo de ese día, su cuerpo sudoroso en burbujas sobre mi cama, su boca recorriendo mis pequeños senos y sus manos húmedas suavizadas por mi lengua desprendiendo nuestros olores nuevos.
Te quiero Patri, fue algo hermoso, dijo Yanina al despedirnos.
Fue mi primera vez escucharon sus oídos, mientras acariciaba su cabello aún mojado...
Jamás lo olvidaré.

Yanina



Invierno 2008
---

Hace mucho que no escribo. En verdad nunca supe escribir, mi gramática es terrible, pero es mi alma la que se empeña en trasladar sus flujos a través de cualquier lápiz, rojo. 
Hoy el fuego me acompaña en extremo, Yanina acaba de irse recién de casa dejando mis dudas envueltas en sábanas con sus diferentes rostros de goces divertidos. Ella volvió a virar mi insensata inmadurez de amar, nuevamente.
Inquietas estaban mis mejillas entre sus piernas, su lengua indagando mi dispersa humedad cuando comencé a llorar entusiasmada. Fueron apenas unas apretadas lágrimas que parecieron interminables. Estábamos desnudas, satisfechas, mojadas en salivas etéreas. 
No era lógica mi tristeza, tampoco era justo que Yanina jalara en su boca mis labios acordonándome en sus hogueras múltiples.
No, no era justo, debí pensarlo antes.
Una marca sugerente de sus pequeños senos aún rocían mis ganas de poseerla, muy dentro, nuevamente. No debería estar triste, pero lo estoy, es inevitable no desviar de mi natural deseo mis ganas de amarla sin escaparme de mi realidad con Fabi.
A Fabi la amo, ella es mi ángel y también a veces, la quiero. Yanina sabe que la amo pero no puedo quererla, porque querer es poseer y ella sabe que yo sólo quiero a mi libertad, mi irrefutable libertad.
Sin temor me visto y dejo atrás esas caricias refugiadas de Yanina y pienso en Fabi, en el día en que la conocí en una plaza de Ramos, pienso en su primer regalo y sonrío. Fue un ángel llamado Elemiah que invisible aún me acompaña...
y pienso en su segundo obsequio y en sus palabras acariciando mis oídos...
- Patri, prometo amarte, cuidarte, entenderte, soñarte... por eso mi pequeña, te regalo tu libertad, haz con ella lo que quieras, sólo mi amor, trata de amarme y me harás feliz-.
No, no es justo, no debí pensarlo antes, Fabi, Elemiah y nuestra libertad, me aman...


Integración Andina

Primavera 2008
---

En aquella tarde, sobre la puerta de una de las habitaciones del hotel Rubie en el centro del apocalíptico Buenos Aires se leía un cartelito: "No molestar".
Mali y Lica deseaban estar juntas un poquito más. Era la primera vez que lo estaban y sus corazones latían embellecidos como niñas coronando un sueño.
Sus noches se tornaban insoportablemente eternas al no tenerse y valoraban el segundo en que sus pieles enviciadas de ardor, transformaban sus realidades frías e inertes en cauces navegando en la vibración de sus vientres.

Se habían conocido hace unos años en un rojo teatro de Brasilia y entrecruzando miradas, la brisa de aquel lugar les transmitía mensajes mullidos de un amor distinto, febril.
Fue allí después de la aburrida función de aquella noche donde a escondidas intercambiaron sus direcciones de correo electrónico, en perpetuo silencio...

Todos los días Mali y Lica se comunicaban por medio de sus computadoras desde sus secos lugares y a través del viento sus cuerpos se marcaban en sus sudores, en sus perfumes que las hacía sentir tan cerca que hasta podían tocarse, olerse en sus enfrascadas axilas, volar en sus goces.
En sus conversaciones siempre Mali le preguntaba a Lica qué deberían hacer con este amor que las envolvía y que en la distancia las embriagaba aún más en sus deseos
¡Calla pequeña y bésame!
-le contestaba Lica por su monitor-
¡Calla y sigue besándome, amor, mientras tus dedos están aquí recorriéndome y mi alma, con vos!
¡Calla mi amor y bébeme en tus pechos mientras tus pezones tiemblan en los míos!
¡Calla dulce Mali que el amor, hoy así, nos pertenece!
No podían evitar sentir esas incontrolables ganas de tocarse.
Eran inocentes de cualquier culpa de amor. Se comían en sus calientes manos, en cada roce con sus imaginables entrepiernas y al dejarse se soñaban inevitablemente juntas.
Se confundían en sus liquídos alientos quedando abrazadas en sus noches eternas de soledades.
Al despedirse se intercambiaban disculpas como si se dejaran abandonadas, aclarando que nada disminuiría las ganas de tenerse, ni mucho menos.
Se deseaban y pensaban todo el tiempo.
Las despedidas duraban eternidades pacientes dibujando sus besos claros en la atmósfera que compartían.
Todo ese tiempo reposando sus palabras en sus intimidades ocultas, no les parecía suficiente. Su amor crecía impaciente en cada día, sus tristezas, también.
Desde sus casas se tomaban en sus labios haciendo como nudos irreversibles y se disolvían en gotas de salivas sobre sus lejanas camas amarillentas. Sus letras se fusionaban en infinitos inadvertidos, y desafiando soles imprudentes se lamían en brasas que esparcían por sus rosadas y dilatadas esperanzas repletas de laboriosas humedades.
Ilusivas, alimentaban en sus paredes bosquejos de verdes mares donde desnudas bañaban sus ilusiones y sus dedos finos introducidos en sus cualidades de mujer, eran parte del paisaje único.
Ese amor crecía y crecían esas ganas desconocidas que las tomaba y absorbían, que las quemaban y chupaban transformando todo en sudor, en lenguas en sus cinturas, en bocas en el vacío olvidado de sus nalgas, en cuellos abiertos a sus besos, todo se transformaba en ellas amándose.
Se veían como mariposas posadas en sus senos, mariposas de pieles suaves y ardientes, mariposas que sorbían el calor acumulado en esperas bebiendo de sus humores díscolos.
Se envolvían en sus savias y se revolcaban en ellas, se regalaban sus jugos y se sentían y se buscaban y se transformaban en rocío que embebían sus labios que se besaban y no dejaban nunca de besarse, a pesar de la distancia.
No analizaban, ni juzgaban, ni se entrometían en sus vidas fijas entumecidas, sólo se amaban.
Se imaginaban, siempre, juntas cocinando dulces típicos de sus regiones, rompiendo sus ropas, y desnudas endulzando sus cuerpos con sus frutos, recorrerlos en sus piernas, devorarse en sus mieles, penetrarse en sus ansias, en sus labios secos, regalarse sus muslos, sus tobillos, sus pies, sus dudas.
Se veían constantes en sus caras de placer. Habían creado un álbum mental para aprenderse cada milímetro de sus cuerpos y caminar por él evitando el olvido, sabiendo sus ternuras escondidas, bailar como niñas, celarse mojadas en sus ausencias, motivarse en el teclado reclutando el fuego de sus figuras etéreas, hundir sus rostros entre el fluido audaz de sus virginales inexperiencias, encasillar sus cobardías...

Por eso aquella tarde se leía ese cartelito de "No molestar" sobre la puerta de aquel hotel de Buenos Aires. Porque era su primera vez y quizás la única y ambas deberían regresar al otro día a sus países después de la ya tediosa y obligada asunción del nuevo presidente de aquella nación.
Las primeras damas volverían junto a sus presidenciables y distraídos esposos, a sus lugares llenos de protocolos y de amores vacíos y ausentes...

El fuego de Karina


Verano 2008
---

Sentí al mirarme al espejo que Luisa estaría impaciente por encontrarse conmigo aquella noche de sábado de Octubre.
Seguía mimándome en mi reflejo y pensaba que ambas dibujaríamos al fin, un escenario de arena y tiempo imaginablemente reales para las onduladas olas que fluían de la sal de nuestros cuerpos. Mi débil tensión, mis endebles reservas, el rumor de mis temores habían desaparecido. Transcurrieron entre nosotras, sin audacia, más de dos años de miradas pacientes y ocultas buscándose en rincones desobedientes al amor.
Nos habíamos conocido con Luisa en un club de Villa del Parque, ella estaba siempre un poco retraída, lejana, como ausente. Durante meses nos cruzábamos sin hablarnos, eran siempre mis ojos los que bajaban por su escote lamiendo el sudor de lo invisible.
Luisa no usaba maquillaje y sus ropas habituales eran vestidos largos y sencillos, despertaba una sensual atracción, era exótica, diferente, tímida.
Nuestra relación había sido siempre el silencio. Incluso noté ahora que había cambiado, ya no era esa niña distraída de cultura hippie heredada de sus padres y amante de utopías y su paz.
En realidad esperaba muy ansiosa ese sábado. Mi vida se había tornado aburrida este último año, pero el ver a Luisa tan cercana, soñaba a diario con desplazar el calor de mis caricias sobre su tibio rostro, con sus palabras latiendo sobre mis pechos en la oscuridad de mi cuarto, con despertar entre sus muslos y mi boca hundiéndose en el afluente rosa de su naturaleza.
Todo dependería de ella, Luisa era la dueña de nuestros instantes y sólo sus deseos podrían lograr que mi humedad sea abrazada por sus ansias. Nada podía hacer yo, sino tan solo esperar que ella conspire con esta realidad y seducirme en la espera.
Pensaba que ropa me pondría esa noche, me imaginaba con un trajecito de novia de falda corta o con un jean desprolijo y una blusa transparente, me miraba constantemente al espejo pensaba en un peinado nuevo y sonreía, hacía ya tres meses que había rapado mi cabello, Luisa decía que me quedaba bien, que resaltaba el azul de mis ojos y esos hoyuelos que se dibujaban en mi carita al sonreir. Pensé con qué la invitaría a beber, ella era muy cuidadosa con el alcohol, y entonces la elección fue fácil, compré unas botellas de agua mineral, dejé dos en mi pequeña heladera y otras sobre mi mesa, a Luisa le encantaría seguramente.
La relación de las dos estaba destinada a cambiar.
El hecho de no tener una conversación fluida, me hacía sentir culpable, pero la situación así lo ameritaba, después de todo, nuestro silencio era un seguro valioso para el encuentro de nuestras pieles.
Aquel sábado al fin llegó. Me levante temprano, más de lo de costumbre y decidí no bañarme para que Luisa conociera y absorbiera el olor adquirido en mi refugio de osadía. Limpié mi cuarto, desayuné luego y volví a la blandura de mi encierro para esperarla. No estaba segura que esta fuera una buena idea, pensaba que Luisa se arriesgaría demasiado para satisfacer este placer que debió aliviarse mucho tiempo atrás.
Cuando la noche se apoderó del lugar, Luisa llegó. Estaba vestida con una pollera holgada gris, una camisita blanca y unos zapatitos acordonados, estaba muy bella. Yo sólo me mostraba en un liviano vestido amarillo de mil botones predispuestos a ser arrancados en el capricho necesario de la noche.
Cuando entró, yo estaba tendida en mi pequeña cama, sutil y adorable se inclinó y le regaló un beso leve y alegre a mis labios. Me quedé un instante en silencio. Luisa poseía el control y ella me pidió que la desvistiera, lentamente lo hice, muy lentamente. Estábamos muy excitadas. Me arrodillé y con mis dientes comencé a desatar los cordones de sus zapatos y a besarla desde sus tobillos, ella, impaciente me arrancó literalmente el vestido e hice lo mismo con su ropa fatigando aún más el temblor que nos sacudía. Miré su silueta recortada contra la apretada luz que se filtraba por las cortinas de una pequeña ventana y recorrí con mi lengua despaciosamente cada costa de su cuerpo. Mi vientre gozaba del camino de sus estimulados pezones, como sus piernas también del reposo de mis mejillas que se sumergían sin torpeza en su infinita humedad.
Aquella agua mineral caía, después, como cataratas por la extensión de sus nalgas mientras mi boca se apoderaba de su abismo y su olor. Mojadas dejamos tendidos nuestros cuerpos sobre el sorprendido piso. Nuestras entrepiernas se unieron en su calor y sus manos y las mías concluían en salivas de bocas que acompañaron nuestro ardor interminable hasta las 05:00 de la mañana.
Luego Luisa se separó de mí, se puso de pie y me pidió que la vistiera mientras repasaba con sus dedos mi cuello y mis senos aún despiertos a ella. Todavía no se había ido y ya comenzaba a extrañarla, mientras, una brisa sensual me susurraba sin permiso al oido que ella también exiliaría su corazón a mis sueños.
Antes de irse hablando con voz suave y pausada, Luisa mientras me abrazaba y dejaba caer la más clara de sus lágrimas me dijo...
Karina, mi pequeña, has transformado mi timidez en sudor mi amor, anulando el olvido estaré aquí a tu lado por siempre mi dulce, me has hecho conocer el amor, el placer de lo inadvertido, has desnudado ardiente cada sílaba de mis palabras, me has hecho sentir el fuego de lo deseable, el aliento del viento suavizando la soledad de mi espalda, la vibración abierta a mi oculto regocijo... te quiero Kari, te quiero mi amor...
Me besó y salió de mi cuarto para retomar su trabajo, quedaba todavía una hora para que la reemplacen en su guardia médica de la Clínica oncológica Juana Moreau para enfermos terminales, donde yo debería enfrentar, quizás y con suerte, un tiempo más...

Paola y ella




Primavera 2007
---

Me gusta ver su cara conocida e insolente aunque proviniera de un pasado lejano.
Es atractiva y sin duda muy deseable. Podría elegir caricias más claras, labios sumisos, mujeres más jóvenes y latentes, pero mi encuentro con ella iba mas allá de lo sentimental. Indudablemente quedaba en mí un deje de cariño por sus entregas que paganamente me llevan a sus distraídas y nuevas identidades inconclusas e infinitas. Pienso sin descanso, aunque con dudas, en una segunda oportunidad, quizás eterna.
Ojalá estuviera enamorada de ella, aunque no me animaba a considerarlo posible.
Ese viernes por la noche me escapé del trabajo, fui corriendo a mi casa y ella estaba allí con su indescifrable ilusión esperándome.
Como la niña que fui, tenía ganas de consumirla en mis deseos sin prólogos fingidos, y ella, desinteresada y segura lo aceptaría sin pregunta alguna.
Dios sabe lo bien que me siento cuando mi piel desmedida y abierta se entrega al impulso de su pureza.
La miré en medio de sus seducciones, es limpia, hermosa y comprensiva, su tiempo me pertenece y también sus vacíos. Mis tiempos, quizás algún día, también sean de ella.
Cuando ya estaba decidida a entregarme a sus encantos, golpearon a mi puerta y escuché la voz suave y ligera de Paola...
¡¡Soy yo Patri!!
-ábreme dulce, quiero dibujarme entera esta noche sobre la miel de tu cuerpo-.
Sólo tarde unos segundos en envolverla y llevarla a su refugio, es tan chiquita y temerosa que puedo esconderla en cualquier cajón del escritorio o en el botiquín, que es donde más le gusta descansar cuando mis otras realidades me comparten.
Paola, siempre dócil y legible, mientras me regalaba un beso se ubicó en el sillón ubicado en el ángulo izquierdo del living, allí donde reposan los cuadros del Che y de Camilo. Sacó del estuche su guitarra y cantó para mí "El día en que voy a partir" y "Compañera", sabiendo que las letras deSilvio Rodríguez llegan a mi corazón y su paz rondando siempre la más simple de las lágrimas. También en ese instante, una botella de Malbec nos miraba desde la alfombra esperando ser consumida entre nuestros sueños atinados y sin pausa.
Paola y sus alegrías constantes abrazaron esa noche de viernes con su amor distinto, real, tal vez único, y fui feliz hasta la madrugada aún sabiendo que ella regresaría y me esperaría por siempre para compartir su vuelo hundida en mis brazos.
El amanecer encontró nuestros cuerpos enredados en sus pieles y sudores.
Al despertar y después de besar la humedad visible de mis labios, Paola clamando inocencias, me preguntó: ¿cómo te has sentido en nuestra noche, pequeña?
- bien dulce, le contesté
- me estoy acostumbrando a mi nueva máscara y al viento de tus palabras deslizando un "te amo" y cada minuto que pasa para mí es una nueva oportunidad y yo opté por amar(te)-.

Mientras tanto, ella, la que nunca podré amar, me esperaba en su escondite incondicional, repleta de su pureza, una pureza que pocos comprenden...

Enredada



Otoño 2007
---

Me pedías un auxilio que no supe ver ni ofrecerte.

Detrás de una mirada prematuramente madura y triste escondías una niña anhelante de risas, ternuras y abrazos, que me solicitó sin pedirla una atención que no te supe multiplicar.

Me invitaste a una copa, infeliz de mí, y no alcancé ver, inocente y despreocupada, la gran oportunidad de… ¿para que seguir?

En verdad es inútil tratar de recomponer lo que no se hizo.
Mujer precoz, tus ropas baratas y ajenas a la moda, tus manos curtidas por el trabajo, tu rostro cansado y tu cabello descuidado no lograban eclipsar esa belleza esencial a quienes, como a ti, les son inherentes un cuerpo delicado y una ternura infinita, una perfección innecesaria de aderezo alguno.

Sigo viendo tu cabello rubio y tus ojos azules, imágenes poco erosionadas por el tiempo, imborrables.
Tú, a quien conocí en la escuela, dónde compartimos aula; dónde, desganadas, resolvíamos asientos y matizábamos balances de situación.

Me mirabas, me preguntabas, me sonreías; yo no era capaz de otra cosa que ponerme nerviosa y pensar en tu novia, quien, con su sola evocación, tenía la facultad de hacer desaparecer el brillo de tus ojos y sumirlos en un desconsuelo callado y oscuro.

No estoy segura, pero pudiera ser que salieses entonces de un involuntario encierro, cuya puerta abierta te descubrió sensaciones antiguas. También puede ser que yo esté loca.
Para ti, debí desaparecer como a quien ha tragado la tierra; dejé de acudir a la escuela cuando el destino travieso me apartó de tu lado en forma cortés. Mi pecado es no haber regresado a buscarte, dejar deshacerse el lazo.
No he dejado de sentirte, de ver tus ojos tristes, y nunca he dejado de desear tu abrazo y tus lágrimas de desahogo y alegría en mi cara.

Sí se que desde entonces me pregunto: ¿dónde estás?

Te he soñado mucho en éstos últimos años, no he dejado de pensar en nosotras. Nuestro recuerdo es una piel grata y preciosa que atesoro en mi memoria y en muchas de las palabras que se alborotan en mi mente. Estaré quizás muy loca porque, aún después de tanto tiempo, sueño con encontrarnos de nuevo.

Mi destino es antojadizo y bien pudiera se decida a gastarme una nueva broma, como acostumbra, volviéndonos a poner a la vuelta de cualquier esquina.

Me gusta insistir.

¿Dónde estás nena?

Recordando a Sole


Verano 2008
---

Se ocultaba la noche en sus dulzuras inciertas.
Sola en su cuarto, inevitablemente pensaba en ella. Como empujada por el destino, ella regresó hacia el teléfono, una voz femenina muy suave oyó del otro lado...
¡Hola mi amor!
Un suspiro profundo resbaló de entre sus labios.
Mientras anidaba su cuerpo en el colchón, miró la manta tejida que había al pie de la cama y que había hecho el pasado verano. Aquella manta era su verdadera vida y sintió una extraña sensación que nacía en su interior. Tomó una de sus esquinas y, poniéndosela sobre el regazo, la acarició con una mano.
Era una obra perfecta.
Se sentía vulnerable, el sonido de la voz de aquella mujer dejó que su calor pincelara bosquejos impetuosos sobre la cama.
La manta, recordaba que su existencia era una delgada capa bajo la cual, había ocultado trozos de placeres muy pequeños.
Una suave timidez se había apoderado de su cuerpo, su piel amalgamaba la ternura del instante.
Habían transcurrido tan solo unos segundos y ella contestó...
¡ Si, hola mi amor aquí estaba esperando tu llamada !
Del otro lado del teléfono, no había nadie. Sus manos humedecidas habían hecho el resto.
Se posó frente al espejo y mirándose a si misma, murmura
-ya sabes lo que quiero decirte-es una fantasía-
crear lo que no comprendes es una arte y tú estás creando tu propia imagen...


Amo




Noviembre 2011.

Aquella noche, alguien golpeó a la puerta mientras nos buscábamos.
Éramos las tres, puerta, nudillos, alma, piel... amor.
---

Intento despertarme por tu llanto limpio, por el disparatado delirio de tu olor o por el apetito de decenas de luciérnagas sudando al borde de mi cama. Por tus caricias. Me baño junto a vos en la catarata de tus tibias aguas comiendo de tus axilas que me confiesan, extrañar cada espacio de mi lengua.


Y camino por mi cuarto disolviendo mis rodillas, enrojeciéndolas, acomodando mis manos en la manía de tu piel gigante. Y en la alfombra invento un charco con tu savia y bajo mi boca, y te lamo mientras bosteza la luna.
Erguida, escucho el latido de un corazón, el tuyo, que juega con el placer de mi diminuto desorden que con sus garras me devora autorizando hasta el más falso de mis deseos.
Te devoro en el reverso de tu ombligo mientras me como hasta la última de tus vértebras rompiendo el silencio que debajo de tu espalda, transpira.
La luna me observa y ruge en un placer que comienza a envidiar. Mientras me mira saborea la noche que no pensaba compartir con nosotras.
Un golpe inquieto en la puerta de mi habitación deja que me despierte. Tu voz se transforma en vos y dejo de soñar para tenerte, como siempre.
La luna medita por un instante, se regocija, y decide juguetear con nosotras en este momento verdadero.
Jugar de a tres, como más nos gusta.